Franky Carrillo: 20 años preso por un crimen que no cometió
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Pablo Scarpellini24 de junio de 2026

Tenía 16 años y una certeza que resultaría devastadora. “Estaba asustado y confundido, pero confiaba en que los adultos harían lo correcto, que serían capaces de ver la verdad”, recuerda Francisco “Franky” Carrillo Jr. No lo hicieron. En 1992, Carrillo fue condenado por el asesinato de Donald Sarpy en Lynwood, en las afueras de Los Ángeles, y por seis cargos de intento de homicidio. La condena se basó exclusivamente en el testimonio de seis testigos oculares que, según se demostraría años después, habían sido dirigidos por la policía para identificarle.
No existía una sola prueba física que le vinculara al crimen. Pasaría más de dos décadas en prisión antes de que el Tribunal Superior del Condado de Los Ángeles anulara su condena en 2011, después de que todos los testigos se retractaran y dos hombres confesaran ser los autores reales del disparo.
¿Cómo se sobrevive a eso?
“Lo viví como en una sala de espera”, explica con una calma que desconcierta. “Sabía que el milagro iba a llegar. Pero mientras tanto, no podía quedarme quieto”. En prisión encontró en la educación y el crecimiento personal su forma de resistir. “No me importaba quién fuera el profesor. Había veces que el aprendizaje venía de un maestro, y otras veces venía del diálogo interno, o de otros presos que ejercían de mentores. Yo solo quería ser el alumno”.
Cuando salió, no sintió sorpresa. “Cuando llevas tanto tiempo deseando, rezando y trabajando por algo, y finalmente ocurre, no te sorprende. Es una sensación de satisfacción. De saber que todo el dolor, todo el sufrimiento, tenían que pasar para poder llegar hasta aquí”.
Hijo de inmigrantes mexicanos, padre pintor, madre costurera, Carrillo habla del momento actual con una mezcla de orgullo y lucidez. “Es difícil saber quién te acepta y quién no. Pero yo entro a cada sitio como si perteneciera. Porque pertenezco”. Y añade: “Me veo como un embajador. Tanto si estoy en una cena elegante con traje como si estoy en la tienda con mis hijos, sé que la gente me mira. Y camino con toda la educación y el respeto que puedo, porque eso es el reflejo de nuestra gente”.
Hijo de inmigrantes mexicanos, padre pintor, madre costurera, Carrillo habla del momento actual con una mezcla de orgullo y lucidez. “Es difícil saber quién te acepta y quién no. Pero yo entro a cada sitio como si perteneciera. Porque pertenezco”. Y añade: “Me veo como un embajador. Tanto si estoy en una cena elegante con traje como si estoy en la tienda con mis hijos, sé que la gente me mira. Y camino con toda la educación y el respeto que puedo, porque eso es el reflejo de nuestra gente”.
Tras su exoneración, California le indemnizó con $683,300 dólares y un acuerdo con la ciudad de Los Ángeles le reportó 10,1 millones. Ha construido una carrera en política y una familia, con tres hijos que admiran su capacidad para seguir adelante. EC
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Pablo Scarpellini


